viernes, 2 de agosto de 2013

Me gusta el color verde…

Por Raúl H. Pérez Navarrete


Me gusta el color verde, los jaguares, la palabra “astrolabio” y cuando los días parecen domingo aunque no lo sean.


Fotografía: Bosorka.


Me gusta el agua, el mar, la lluvia, el olor a tierra mojada; me gustan los perros, el chocolate, los cielos nublados. No me gusta el sol ni las faltas de ortografía ni la imprudencia de los automovilistas; no me gustan los gatos pero me agradan los poemas y ensayos que han inspirado (“Sus lomos fecundantes de mágicos destellos  se llenan”).

Me gusta preguntarles a las personas con nombres poco comunes qué significan dichos nombres; no me gusta cuando aseguran que no saben o terminan su respuesta con un “o algo así”.

Me gusta la música que me conmueve, que me emociona, la música visceral, de letras inteligentes; la música que me hace exorcizar el enojo a través del sonido proveniente de guitarras eléctricas y voces que parecen haber escapado de seres oscuros y sobrenaturales.

Me encantan los monstruos, la noche, así como el silencio y la arquitectura que se encuentra en los cementerios. Disfruto de casi todo aquello que puede ser calificado como “raro”. Lo raro no es bueno ni malo, simplemente es.

Me gusta descubrir nuevos lugares, nuevos sabores y sonidos. Me gusta viajar.

Lo cursi me parece odioso aunque admito que en ocasiones puedo serlo (como este texto, por ejemplo).

Me gusta la literatura, el olor a “libro nuevo”; no me agrada que con el paso de los años parezca que colecciono únicamente libros y no lecturas.

Me indignan la injusticia, la discriminación y la desigualdad; me encanta, por otro lado, saber que hay personas que creen que el mundo puede ser transformado y luchan todos los días por ello.

Me gusta encontrar listas en los libros (“Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII…”); me desagrada no saber qué título ponerle a las cosas que escribo.

Me gustan las películas antiguas en blanco y negro y cuando estas terminan con la palabra FIN.




Texto inspirado en el cortometraje “Foutaises”, de Jean-Pierre Jeunet.

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